El cálculo falló: la montaña era más grande de lo que
pensaba. El radar falló, el capitán falló y hasta el copiloto automático falló.
En el segundo decisivo, el paracaídas falló, pero la muerte no alcanzó a
agarrarlo: también falló y el hombre pudo vivir para contarlo. Pero no era su
mejor relato: no había riesgo, ni originalidad, ni estética ni calidad. Algo falló. Todo
falló. El corrector ortográfico también fayó. El contador de palabras falló. El
jurado del concurso falló, y su fallo fue inapelable: el abogado de los
lectores falló. Y el autor del microrrelato, recibiendo el premio, no entendía
por qué los aplausos y las felicitaciones, y las fotos y los contratos.
– “No es mi mejor relato”, solo atinó a decir. Pero justo en ese momento, el micrófono falló.
– “No es mi mejor relato”, solo atinó a decir. Pero justo en ese momento, el micrófono falló.
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