Los ladrones corrían como ladrones. Doblaron la esquina sin
mirar atrás. El grupo de policías les seguía los pasos y aunque sus uniformes
no eran cómodos para correr, tenían buen físico. El grupo de ladrones intentó
mezclarse con la multitud, pero eran tan veloces que no pasaron inadvertidos. Los
policías estaban bien entrenados. Les pisaban los talones. Ya se divisaba la
meta. Los ladrones se sentían ganadores. Pero en los últimos cien metros, aquel
grupo de policías se robó el trofeo. Cruzaron la línea y se llevaron las
medallas, todos los premios y los aplausos. Y desaparecieron. Se dejaron tentar
por el oro. Pero los ladrones, que eran buenos informantes, sabían dónde
se escondían aquellos corruptos. Los atraparon y recuperaron todo. Y recibieron
la millonaria recompensa. Esta vez, ganaron los buenos.
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